jueves, 15 de diciembre de 2011

La sabiduría como meta

La arrogancia de la erudición mal concebida siempre ha intentado ignorar el término por considerarlo desactualizado. Sin embargo, pese a la repulsa, la ciencia tradicional y las escuelas que promueven una espiritualidad inmanente han retomado la sabiduría como objeto de estudio. La inmanencia sostiene que el contacto con lo “valores superiores” y la búsqueda del sentido, no nos llega desde el infinito cósmico, sino que salen de nosotros, de habitar nuestro ser creativamente.

Cuando se desplegó la filosofía helenística (escépticos, estoicos, epicúreos, cínicos) se habían perdido los puntos de referencia políticos e ideológicos. La muerte de Alejandro Magno, creo infinidad de monarquías y gobiernos desconectados del un poder central en extinción y la “polis” (ciudad/política) quedó diluida en nuevas cosmologías. Había que sobrevivir, había que salvarse y salvar al hombre, había que retomar el mando sobre sí mismo, crear un autogobierno del individuo para el individuo. Así, la idea del sabio y la sabiduría, van convirtiéndose en una opción existencial, en una elección vital de hacia dónde dirigir y cómo canalizar las potencialidades humanas. La sabiduría fue perfilándose cada vez más como el arte de vivir, una manera de habitar el mundo que traía aparejada la serenidad del espíritu, la libertad interior y una conciencia de participación universal. La coherencia fue más importante que la originalidad y el actuar moralmente, de manera justa y racional, ocupó el espacio vital de la mente. Filosofía y psicología para tiempos difíciles, como los nuestros. “Saber la vida” fue tan o más importante que estudiarla científicamente.

La sabiduría es el estado final del desarrollo humano, su máxima expresión. Es un sistema de experto, básicamente pragmático, que te dice qué hacer ante los conflictos de la vida cotidiana, qué medios utilizar para planear y manejar las contingencias que te permitan acceder a una buena vida. Nada de “vanos deseos” o necesidades superfluas, solamente aquello que permita una existencia positiva donde se entrelace el “yo” con los otros, lo intrapersonal con lo interpersonal. Pura inteligencia práctica. La inteligencia analítica funciona para problemas que son definidos claramente y que solo tienen una respuesta correcta (vg. matemáticas). Pero la inteligencia práctica tiene que ver con problemas donde prima la vaguedad y que suponen soluciones múltiples. Tal como es la vida. Por eso la sabiduría no se enseña de manera explícita y sistematizada, sino que se absorbe a través de la experiencia. Es un conocimiento tácito que cuesta explicar y sustentar en reglas lógicas. En palabras de Montaigne: “Algunos podemos eruditos en con el saber ajeno, solo pódennos ser sabios de nuestra propia sabiduría” (Ensayos, I, 25)

La sabiduría no solo aporta conocimiento, transforma el ser. Va más allá del saber conceptual, lo supera en lo concreto, ya que se despoja de lo que le es ajeno en el aquí y el ahora. La sabiduría se concentra en lo que importa, en lo que nos permite una vida plena y satisfactoria.

El sabio se contenta con vivir la cotidianeidad en reposo, alegre y libre de cualquier dependencia o éxito superficial que comprometa el “yo” y lo induzca por un camino equivocado. Entonces la felicidad es algo muy distinto a las posesiones, el poder, el uso y abuso de la moda, la belleza, la fama o al dinero. Se encarna más bien en cierta armonía con uno mismo, los otros, el mundo y el futuro. En algún lugar leí un cuento sobre un hombre muy adinerado, que cada noche abría su caja fuerte y sacaba sus títulos, su dinero y sus joyas. Las colocaba sobre una mesa y las miraba por varios minutos, antes de repetirse a sí mismo: “Yo te poseo, tu no me posees a mi”. Es la lucha por el poder. El sabio conoce sus limitaciones y los riesgos del tener, la sabiduría se los indica

jueves, 17 de noviembre de 2011

Celos en retrospectiva

La “lectura de la mente” es la distorsión cognitiva preferida de la persona desconfiada. Casi siempre está “pensando en lo que el otro piensa que él piensa” y escarbando en las intenciones de su pareja. La angustia que genera la suspicacia en estos sujetos es tal, que algunos sienten alivio si sus hipótesis se cumplen. Prefieren el hecho consumado del engaño, así duela, que la incertidumbre cotidiana. Alguien que había descubierto a su esposa en una infidelidad sostenida, me dijo con alivio: “Al menos se terminó… La sospecha me estaba matando”. ¿Será preferible el dolor de la verdad a la felicidad probable?

Celos reales o imaginarios, aterrizados o delirantes, pasados o futuros, todos duelen. Si tu pareja coquetea descaradamente con alguien en tus narices y te enfurecerás, es natural, se trata de la defensa de la territorialidad. A nadie le gustan los cuernos y menos de frente. ¿Qué haría una persona bien estructurada en una situación como ésta, además de sentirse mal?: pues encarar la cuestión asertivamente, decir honestamente lo que piensa y tratar de sentar un precedente no violento al respecto. Pero también es posible que si practicas la filosofía swingers, te guste ver a tu media naranja flirteando, obviamente si la fantasía es compartida. Cada quien corre con sus gustos y los costos asociados, lo importante es respetar los acuerdos y que exista cierta compatibilidad de fondo. Por ejemplo, no me imagino a una persona paranoide con alguien histriónico, coqueto y exhibicionista..

Los celos patológicos son más intensos. Ocurren sin fundamento alguno y el celoso empieza a establecer correlaciones ilusorias y atar cabos que no están sueltos. Las interpretaciones erróneas se disparan todo el tiempo y pueden llegar a constituir un trastorno celotípico delirante. Por ejemplo, un hombre estaba seguro de que su mujer hacía el amor con alguien, mientras él dormía a su lado, por lo que había decido pasar las noches en vela y agarrar al intruso con las manos en la masa. De más está decir, que nunca se topó con el supuesto amante

Pero quizás lo que más le moleste al celoso es su orgullo herido, en tanto el supuesto engaño rompe traicioneramente un pacto preestablecido de exclusividad afectivo/sexual. En este punto vale la pena aclarar que el “honor mancillado” y la “dignidad territorial” no solo es un problema masculino, sino también de las mujeres. Cuando se juntan infidelidad y rencor todo vuela por los aires. El perdón no encuentra cabida y las segundas oportunidades son tan lejanas como la paz mundial.


Sin embargo la forma más absurda e irracional de los celos se encuentran en los retrospectivos. Es decir, suspicacia hacia atrás y antes de conocer a la persona. Para estos individuos es inconcebible que la pareja haya tenido un romance antes de que él o ella aparecieran en su vida. La indagatoria es sobre el pasado íntimo de la persona amada y las preguntas inquisitorias versan sobre un morbo enredador: “¿Qué te hacía?”, “¿Te acostabas con él?”, “¿Ella te besaba?”, “¿Cómo te besaba?”… Y la conclusión, un descubrimiento desgarrador para el ego paranoide: “¡Disfrutaste con otra persona!” El cuestionamiento es profundamente ególatra: “¿Cómo pudiste ser feliz, si yo no existía?”

A veces, las víctimas del interrogatorio cuentan todo detalladamente para “tranquilizar” la ansiedad del otro, pero el efecto que se produce es exactamente al revés, como si le echáramos gasolina a una fogata. Celos regresivos y exclusividad radical, incluso antes de concoerse ¿Habrá mayor sentido de posesión, una forma de resentimiento más anacrónica? Los desconfiados del amor se regodean en la memoria de eventos negativos, extraen conclusiones absurdas y luego censuran sin piedad. Para la gente muy celosa y rencorosa, el tiempo no limpia las heridas, las exacerba y las mantiene abiertas.

viernes, 4 de noviembre de 2011

El cambio es posible

Las ciencias del comportamiento responden afirmativamente y dan como prueba infinidad de datos y casuísticas sobre cambios significativos en las conductas disfuncionales de las personas. Por ejemplo: mucha gente elimina  el miedo irracional que padece (fobias), los que sufren de depresión mejoran su estado de ánimo en un gran porcentaje y logran tener una vida satisfactoria, incluso muchos drogodependientes vencen la adicción y se mantienen limpios por el resto de sus vidas. Pero no solo la terapia produce modificaciones psicológicas y emocionales, sino también las situaciones límites y los procesos que se asientan en una revisión radical de las propias convicciones. Es imposible desconocer que el ser humano vive transformándose a si mismo, a veces para bien a veces para mal.  Si el cosmos todo es impermanente, ¿por qué deberíamos entonces escapar nosotros a esa ley de variación universal? El que no fluye, se muere.

En las situaciones límites, como ocurre en enfermedades terminales, la muerte de un ser querido, un secuestro o una emigración forzada, entre otras muchas, el acontecimiento vital remueve todo, la mente se quita el disfraz y aflora la farsa y lo auténtico de lo que en verdad somos ¡Qué alivio sentirá quien ya no debe disimular, engatusar  ni esconder! Quedar al descubierto es cosa de valientes o de locos. De manera similar, hay ocasiones en que nos embarga un profundo convencimiento de que debemos revisarnos a nosotros mismos y mandar todo a la porra, porque no vivimos bien o queremos renovarnos. Puro existencialismo práctico, pragmatismo de quien se harta y decide ser coherente a pesar de los costos.

El término “conversión”, en el sentido que le da el filósofo Pierre Hadot, significa: la transformación fundamental del propio ser, una revolución del modo de vida. Tomar nuevas opciones, nuevos proyectos, y barrer literalmente con lo que éramos o teníamos ¿Es posible? Lo he visto en más de una ocasión. Hay gente que afirma que  Jesús ha tocado su corazón y de un día para el otro su estructura de personalidad cambia. Lo mismo con sujetos que adhieren fervientemente a otras religiones.  Lo que se produce en el interior de esas personas es una mutación; parecería que la bioquímica misma del cerebro se modifica.

Entonces, ya sea por medio de las situaciones límites, la terapia y/o las convicciones profundas, la mente revisa sus creencias, sus pensamientos y las emociones que de ella se  desprenden. Ante la pregunta: ¿Las personas pueden cambiar?, mi respuesta es un rotundo sí. Más aún, no conozco a nadie que permanezca totalmente inmutable, por más complejo de Dios tenga, ni siquiera los rígidos pueden ser iguales siempre porque incluso ellos intentan variaciones sobre el mismo tema.

Lo que sucede en los cambios radicales está lejos del reformismo, no implica tapar huecos y maquillar la cosa, sino removerla a fondo, y para que esta operación cognitiva tenga lugar, las personas deben asumir algunas consecuencias dolorosas. Piensen lo que puede llegar a significar hacer a un lado los apegos y las señales de seguridad a las cuales nos hemos aferrados por años. La superstición, cualquiera sea, personal o social, se resiste a desparecer.

Todo cambio es incómodo, porque el sistema debe pasar de un estado a otro y ese “movimiento” requiere de una alteración de lo que hay, una desorganización básica para que vuelva a organizarse a otro nivel, que es cuando se genera un fenómeno emergente. Pues a esa reestructuración mental y afectiva dirigida a adoptar un nuevo modo de funcionamiento, se la llama crisis. ¿A quien no le cuesta dejar los zapatos viejos por los nuevos, por más cara de intelectuales que pongamos?

La gente cambia, las organizaciones cambian, el mundo se transforma, la piel, el cielo, la vida misma se mantiene en un movimiento arrebatador de saltos discontinuos e inesperados. El vector de la existencia es como una flecha lanzada al infinito, y en ese devenir, la innovación, la sorpresa y los imponderables son forzosos.

jueves, 27 de octubre de 2011

¿Amar o depender?


"No podemos vivir sin afecto, nadie puede hacerlo, pero si podemos amar sin esclavizarnos. El sano desapego no es más que una elección que nos dice a gritos: el amor es ausencia de miedo." Amar o depender - Walter Riso.

Participa en el análisis y reflexión de este vídeo y seras uno de los invitados al primer conversatorio online que realizará Phronesis con Walter Riso. ¡Es grato para nosotros contar con tus valiosos comentarios!

miércoles, 19 de octubre de 2011

Mentes caducadas

Hay gente que envejece psicológicamente. No es la fisiología la que decae sino la fuerza de la juventud, los bríos, las ilusiones, aún siendo jóvenes en años y no padeciendo ninguna enfermedad mental. La quietud del alma que no es reposo, sino aletargamiento, pasividad, ostracismo crónico. El cuerpo se ve sano, pero el goce de vivir  se apaga antes de tiempo, e insisto: no hay dolencia ni depresión que explique el adormecimiento. He conocido personas jóvenes con mentes tipo Matusalén  y ancianos con una fortaleza de espíritu y unas ganas de vivir verdaderamente envidiables. La psiquis humana no siempre va al mismo ritmo de los huesos y la piel, a veces se adelanta o se atrasa.

 La vejez mental se manifiesta a través de una serie de síntomas que conforman una manera especial de ver y pensar  la vida, una visión del mundo y de sí mismo entumecida por un conjunto de creencias que impiden una actualización interior positiva. Es deponer las armas antes de que se acabe la batalla. Algunos de estos indicadores son los siguientes.

Perdida de capacidad  de asombro. Nada maravilla, nada encanta. Existe una especie de atrofia perceptual y un anclaje a lo tradicional que impide que la sorpresa logre procesarse. Ya no se comprende o se subestima  lo bello, lo inaudito o lo genial.

Bajos niveles de exploración. La curiosidad deja de ser una fuente de motivación importante. El impulso por saber más y escudriñar la realidad se interrumpe. Ya no hay ganas de experimentar ni descubrir el universo. Puede más la resignación, que la pasión.

Aburrimiento. Como consecuencia de los dos puntos anteriores, la capacidad de sentir placer  se reduce a su mínima expresión. Muy pocas cosas les generan satisfacción, se divierten poco y muestran un estilo de vida tendiente a la rutina.

Mal genio. Estas personas son gruñonas, quejumbrosas y muy pesimistas. Se pierde la risa y  viven en un estado de frustración constante donde el mal humor aflora momento a momento. No le gustan los chistes y la alegría de los demás les produce malestar.

Escasa creatividad. Son más bien reiterativos y poco espontáneos. Odian la improvisación, lo paradójico, el absurdo y cualquier cosa que les implique esfuerzo para comprender las situaciones diarias. El doble sentido los agota. Esta pereza creativa suele estar presente en todas las áreas

Por el contrario, la mente joven sigue activa, inquieta y ávida en información y aprendizaje. Absorbe energía como una esponja, se pone a prueba cada vez que puede, le gustan los retos y crece con la experiencia. Pensemos en la actividad de un niño o  un adolescente, tan incansables e insaciables ante los estímulos, que no se resignan ante un “no”, están repletos de “¿por qué?” y buscan sacarle provecho a cualquier oportunidad que les brinde placer.  Una mente joven se mueve, actúa y se descubre a sí misma. La mente vieja ya no se hace preguntas porque piensa que las respuestas le fueron dadas, ya no persigue quimeras ni va más allá de lo evidente. 

La mente joven no pasa desapercibida, llena espacios, intenta soluciones, se relaciona, sueña y desborda esperanza. No es hiperactiva, sino inquieta y entrometida.  Nadie nace “mentalmente viejo”, se aprende a hacerlo a medida que vamos perdiendo la capacidad de sentir e inventarnos a nosotros mismos. El escritor francés Alfred Louis de Musset, dijo: “Las canas no hacen más viejo al hombre, cuyo corazón no tiene edad”. Y ahí es donde radica el problema: en el cuerpo de los que tienen una mente vieja, el corazón late menos.

Premisas para un amor inteligente

Un amor racional es aquel que se siente y también se piensa. Es una manera de relacionarse, donde el “ser para sí” y el “ser para el otro” se integra en un “nosotros” saludable. En el amor racional el sentimiento, por si solo, no basta. Un amor descerebrado es puro impulso. “Contigo, pan y cebolla” es un viejo dicho napolitano, el cual inspiró la película de los años cincuenta de Marcelo Mastroiani y Sofía Loren, que significa algo así como: “Si te tengo, no necesito nada más”. Afirmación peligrosa para quien quiera buscar su autorrealización. Para estar con los pies en la tierra sería conveniente tener presente las siguientes reflexiones, las cuales confirman que con el amor no basta.

Si alguien duda que te ama, no te ama. A los enamorados hay que frenarlos, no empujarlos. “No estoy seguro” o “Necesito tiempo”, son algunas de las expresiones del titubeo afectivo. Cuando el amor hace mella nos atraviesa de lado a lado como un choque eléctrico, es una evidencia que se sustenta a sí misma, no cabe la duda. En esto se parece al orgasmo: si alguien no está seguro que lo tuvo, no lo tuvo. Otra cosa es decir que no nos conviene, que quiero desenamorarme, que somos incompatibles, así exista afecto. “Te quiero, pero no te amo”: ¿quién no ha sido victima de esta frase tenebrosa? Amor subdesarrollado, que no llega, que se achica, que desfallece antes de germinar.

No te merece quien te lastima intencionalmente. ¿Para qué seguir con alguien que nos hace daño? Un amor saludable no exige eso. Amar no es hacer un culto al sacrificio ni negociar los principios fundamentales. Si la persona que supuestamente te ama, te hiere o viola tus derechos, pues su manera de amar es enfermiza. El sentimiento aquí no tiene nada que ver. No se trata de ser un buen samaritano o poner la otra mejilla, un denuncio a tiempo es más efectivo, un alejamiento más recomendable. No solo tenemos que hacernos merecedores del otro, sino que la pareja también debe merecernos. Repito: la dignidad no es negociable, no importa cuantas arandelas amorosas quieran colgarle.

El buen amor es recíproco. Democracia afectiva, equilibro, Amor justo, sindicalizado, bien repartido, no milimétrico pero adecuadamente dosificado. Horizontal dentro y fuera de la cama, ¿No esperar nada a cambio? Eso es para un amor universal, que trasciende el individuo, eso es mística o sentido de vida o misión humanitaria. En las relaciones cara a cara todos esperamos: si eres fiel, esperas fidelidad; si das sexo, esperas sexo; si eres cariñoso, esperarás cariño. Los que creen que pueden vivir con dar y no recibir, al cabo de un tiempo se frustran y deprimen, ya que es natural y congruente con la condición humana buscar un balance interpersonal. Algunas persona solo saben relacionarse desde la explotación o adoptando actitudes de victima. Todo amor “vertical” está contraindicado.

En el amor hay que aprender a perder. Si no te aman, no hay que insistir, ni suplicar ni tratar de convencer al otro o la otra. Cuando no se es correspondido, lo mejor es matar toda esperanza, porque la expectativa puede hacer que uno se pegue a relaciones tóxicas por años esperando el milagro de una resurrección amorosa que nunca llega. Realismo de línea dura: si no te quieren, a otra cosa, así duela, así haya que pedir ayuda, así la depresión se haga presente. Es mejor sufrir el duelo y alejarse de alguien que no llega al umbral afectivo que necesitas, a sufrir inútilmente un día a día de indiferencia. Lo que se opone al amor no es el odio, sino al indiferencia.

Cuatro premisas sin anestesia. Tratamiento para el alma, ver lo que es, enfriar la cabeza y poner el corazón a buen resguardo. No importa los que digan los enamorados del amor, el realismo afectivo salva gente y la ubica en un terreno fértil para que el “yo” no se destruya a si mismo persiguiendo un imposible, así sea en el nombre del amor

martes, 18 de octubre de 2011

Aprende a reirte de ti mismo

Puede haber humor sin sabiduría, pero no lo contrario


¿Habrá algo más ridículo y pesado que  una persona con delirios de grandeza? O peor: ¿quién no ha tenido que aguantarse alguna vez a un “experto” que piensa que sus conocimientos son la sapiencia en pasta? Empachados  por la efervescencia de una supuesta trascendencia tratan a toda costa de ser profundos, así deban sacrificar la risa.


El sentido del humor se refiere al gusto por reír y hacer reír, a ver el lado cómico de la vida, incluso en la adversidad.  Recuerdo que en cierta ocasión un amigo se resbaló al bajar de un autobús. La caída fue bastante aparatosa porque fue cayendo sentado, de escalón en escalón, hasta aterrizar aparatosamente de culo en la acera. Una mujer que pasaba por allí se le acercó a prestar ayuda, y le preguntó: “¡Dios mío! ¿Se cayó?”. Mi amigo, que no le falta sentido del humor, respondió en tono parco: “No señora, es una vieja costumbre de familia”. Este comentario dio pie para que todos aquellos que tenían la risa contenida por lo grotesco del incidente  soltaran la carcajada y la algarabía fue total. Buen humor: disposición a reírse de sí mismo, pero además provocar la risotada e involucrar a los demás en la ocurrencia. Por eso el arte de bromear sanamente es una virtud social.


Puede haber humor sin sabiduría, pero no lo contrario. Las tradiciones espirituales más conocidas de oriente y la filosofía antigua atestiguan lo anterior. Por ejemplo, el guía espiritual Bhagwan Shree Rajneesh  cita el curioso caso de un místico japonés llamado Hotei a quien se lo apodó el “Buda que ríe”:
“En Japón, un gran místico, Hotei, fue llamado el Buda que ríe. Fue  uno de los místicos  más amados en Japón y nunca pronunció una sola palabra. Cuando se iluminó  comenzó a reírse y siempre que alguien le preguntaba, ¿de qué te ríes?, él reía más. Iba de pueblo en pueblo riéndose… En toda su vida, después de su iluminación, por alrededor de cuarenta y cinco años, solo hizo una cosa: y fue reírse. Ese era su mensaje, su evangelio, su sagrada escritura”
¿Habrá algo más ridículo y pesado que  una persona con delirios de grandeza? O peor: ¿quién no ha tenido que aguantarse alguna vez a un “experto” que piensa que sus conocimientos son la sapiencia en pasta? Empachados  por la efervescencia de una supuesta trascendencia tratan a toda costa de ser profundos, así deban sacrificar la risa.
El sentido del humor se refiere al gusto por reír y hacer reír, a ver el lado cómico de la vida, incluso en la adversidad.  Recuerdo que en cierta ocasión un amigo se resbaló al bajar de un autobús. La caída fue bastante aparatosa porque fue cayendo sentado, de escalón en escalón, hasta aterrizar aparatosamente de culo en la acera. Una mujer que pasaba por allí se le acercó a prestar ayuda, y le preguntó: “¡Dios mío! ¿Se cayó?”. Mi amigo, que no le falta sentido del humor, respondió en tono parco: “No señora, es una vieja costumbre de familia”. Este comentario dio pie para que todos aquellos que tenían la risa contenida por lo grotesco del incidente  soltaran la carcajada y la algarabía fue total. Buen humor: disposición a reírse de sí mismo, pero además provocar la risotada e involucrar a los demás en la ocurrencia. Por eso el arte de bromear sanamente es una virtud social.
Puede haber humor sin sabiduría, pero no lo contrario. Las tradiciones espirituales más conocidas de oriente y la filosofía antigua atestiguan lo anterior. Por ejemplo, el guía espiritual Bhagwan Shree Rajneesh  cita el curioso caso de un místico japonés llamado Hotei a quien se lo apodó el “Buda que ríe”:
“En Japón, un gran místico, Hotei, fue llamado el Buda que ríe. Fue  uno de los místicos  más amados en Japón y nunca pronunció una sola palabra. Cuando se iluminó  comenzó a reírse y siempre que alguien le preguntaba, ¿de qué te ríes?, él reía más. Iba de pueblo en pueblo riéndose… En toda su vida, después de su iluminación, por alrededor de cuarenta y cinco años, solo hizo una cosa: y fue reírse. Ese era su mensaje, su evangelio, su sagrada escritura”
Las personas que conocían a Hotei no podían parar de reír y no tenían idea de por qué lo hacían. En realidad se reían sin razón, algo que no entra en la cabeza de una persona ceñuda y amargada.
El budista Chogyam Trunga, sostiene que la percepción humana de un “yo” sólido es un “chiste cósmico”.  Un swami me dijo una vez: “Lo que me resulta realmente divertido, y espero que no lo vaya a tomar a mal, es que usted cree que existe”.  No saber quien soy, vaya y pase, ¿pero dudar de mi existencia? En todo caso, por ahora todavía sigo creyendo que soy un ser real, así produzca sonrisas compasivas en mis amigos budistas. El buen humor que acompaña la sabiduría posee la curiosa capacidad de  juntar los polos opuestos en una dimensión paradójica inesperada y producir una sensación de soltura y relajamiento. Tres ejemplos
Montaigne: “Mi vida a estado repleta  de terribles desgracias, la mayoría de las cuales nunca sucedieron”.
Óscar Wilde y  un diálogo de la obra, Un marido ideal: /Cosa extraordinaria la que sucede con las clases bajas en Inglaterra. A cada rato se les muere algún pariente/ ¡Sí, mi lord! A ese respecto son extremadamente afortunados.
Groucho Marx: "Partiendo de la nada hemos alcanzado las más altas cotas de miseria”.
La irreverencia del doble sentido ¿Habrá algo más subversivo que el humor bien  manejado? Alguien decía que la vida es muy importante para tomársela en serio. Si  todavía no hemos sido víctima del endiosamiento, deberíamos aprender a tomarnos el pelo a nosotros mismos de tanto en tanto, como un ejercicio de sincera  modestia y frescura.
Partiendo de la nada hemos alcanzado las más altas cotas de miseria

El derecho a decir no

Tenemos la capacidad de indignarnos cuando alguien viola nuestros derechos o somos víctimas de la humillación, la explotación o el maltrato. Poseemos la increíble cualidad de reaccionar más allá de la biología y enfurecernos cuando nuestros códigos éticos se ven vapuleados. La cólera ante la injusticia se llama indignación.

Algunos puristas dirán que es cuestión de ego y que por lo tanto cualquier intento de salvaguardia o protección no es otra cosa que egocentrismo amañado. Nada más erróneo. La defensa de la identidad personal es un proceso natural y saludable. Detrás del ego que acapara está el yo que vive y ama, pero también está el yo aporreado, el yo que exige respeto, el yo que no quiere doblegarse, el yo humano: el yo digno. Una cosa es el egoísmo moral y el engreimiento insoportable del que se las sabe todas, y otra muy distinta, la autoafirmación y el fortalecimiento del sí mismo.

Por desgracia no siempre somos capaces de actuar de este modo. En muchas ocasiones decimos “sí”, cuando queremos decir “no”, o nos sometemos a situaciones indecorosas y a personas francamente abusivas, pudiendo evitarlas ¿Quién no se reprochado alguna vez a sí mismo el silencio cómplice, la obediencia indebida o la sonrisa zalamera y apaciguadora? ¿Quién no se ha mirado alguna vez al espejo tratando de perdonarse el servilismo, o el no haber dicho lo que en verdad pensaba? ¿Quién no ha sentido, así sea de vez cuando, la lucha interior entre la indignación por el agravio y el miedo a enfrentarlo?
¿Por qué nos cuesta tanto ser consecuentes con lo que pensamos y sentimos? ¿Por qué en ocasiones, a sabiendas de que estoy infringiendo mis preceptos éticos, me quedo quieto y dejo que se aprovechen de mí o me falten al respeto? ¿Por qué sigo soportando los agravios, por qué digo lo que no quiero decir y hago lo que no quiero hacer, por qué me callo cuando debo hablar, por qué me siento culpable cuando hago valer mis derechos?

Para pensar: ¿Te humillas demasiado? ¿Los demás te manipulan? ¿Temes herir los sentimientos de los demás si eres sincero? ¿Eres capaz de expresar la ira de un modo socialmente adecuado, de oponerte, de expresar una opinión contraria?

El amor tiene límites

El límite lo define tu integridad, tu dignidad, tu felicidad. El límite de lo aceptable se traspasa cuando tu vocación y anhelos pasan a un segundo plano, cuando la vida comienza a convertirse en algo tan predecible como inseguro, cuando el “ser para el otro” te impide el “ser para ti”.

Si te pasaste de la raya y estás en el lado oscuro del amor, es probable que quieras regresar a lo que eras antes, a la tranquilidad de aquella soledad bien llevada.

Cuando establecemos las condiciones de un amor de pareja saludable, definimos una zona, una demarcación realista más que romántica, a partir de la cual una relación debe terminarse o transformarse, así el sentimiento amoroso exista. Pasar los límites de lo razonable (v.g. respeto, maltrato, infidelidad, desamor) no implica que el afecto tenga que disminuir necesariamente, sino que a partir de ese punto, el amor por sí solo no justifica ni valida el vínculo afectivo debido a los costos psicológicos, morales, físicos y/o sociales. En una relación de pareja constructiva, lo que en verdad interesa es la conveniencia/congruencia interpersonal, es decir, qué tanto la persona que amas le viene bien a tu vida y qué tanto concuerda con tus metas, intereses y necesidades, e igual para el otro lado.  A partir de ciertos límites (cuando no te aman, cuando se ve afectada tu autorrealización o cuando vulneran tus principios) el amor propio y el autorrespeto comienzan a trastabillar y la dignidad personal pierde su potencia, así el amor insista y persista.

Si en verdad, tal como dicen algunos filósofos, el amor “verdadero” no tiene límites intrínsecos, pues, en las relaciones de carne y hueso habrá que ponérselos. Esto no implica “amar menos”, sino amar de una manera realista y decorosa. Es cierto que a veces no tenemos el poder de desenamorarnos a voluntad, pero sí podemos dejar de magnificar el amor y alejarnos de una relación afectiva destructiva, así sea con esfuerzo y dolor. Autocontrol, sufrimiento útil, lucidez de una mente pragmática. Dejar el alcohol gustándome el alcohol; dejar la droga, gustándome la droga. Y en una relación afectiva malsana y destructiva, decir: “Te amo, pero te dejo”.

¿Cuándo pierde el amor su sentido vital? Al menos, en tres situaciones: primero, cuando no te quieren; segundo, cuando tu realización personal se ve obstaculizada; y, tercero, cuando se vulneran tus principios. Dicho de otra forma: estaré a tu lado siempre y cuando me sienta amada o amado, pueda llevar adelante mis proyectos de vida y no vulneres mis principios y valores. Tres preguntas: ¿Lo cumples? ¿Mantienes tus límites? ¿Negocias lo que no es negociable por amor?

La dependencia afectiva

Depender de la persona que se ama es una manera de enterrarse en vida, un acto de automuti¬lación psicológica donde el amor propio, el autorrespeto y la esencia de uno mismo son ofrendados y regalados irracional¬mente. Cuando el apego está presente, entregarse, más que un acto de cariño desinteresado y generoso, es una forma de capitulación, una rendición guiada por el miedo con el fin de preservar lo bueno que ofrece la relación. Bajo el disfraz del amor romántico, la persona apegada comienza a sufrir una despersonalización lenta e implacable hasta convertirse en un anexo de la persona “amada”, un simple apéndice. Cuando la dependencia es mutua, el enredo es funesto y tragicómico: si uno estornuda, el otro se suena la nariz. O, en una descripción igualmente malsana: si uno tiene frío, el otro se pone el abrigo.
“Mi existencia no tiene sentido sin ella”, “Vivo por él y para él”, “Ella lo es todo para mí”, “Él es lo más importante de mi vida”, “No sé qué haría sin ella”, “Si él me faltara, me mataría”, “Te idolatro”, “Te necesito”, en fin, la lista de este tipo de expresiones y “declaraciones de amor” es interminable y bastante conocida. En más de una ocasión las hemos recitado, cantado bajo una ventana, escrito o, simplemente, han brotado sin pudor alguno de un corazón palpitante y deseoso de comunicar afecto. Pensamos que estas afirmaciones son muestras de amor, representaciones verdaderas y confiables del más puro e incondicional de los sentimientos. De manera contradictoria, la tradición ha pretendido inculcarnos un paradigma distorsionado y pesimista: el auténtico amor, irremediablemente, debe estar infectado de adicción. Un absoluto disparate. No importa cómo se quiera plantear, la obediencia debida, la adherencia y la subordinación que caracterizan al estilo dependiente no son lo más recomendable.
Cuatro interrogantes: ¿Eres capaz de pasar momentos sin tu pareja y disfrutarlos? ¿Sientes que tu vida no tiene mucho sentido sin la persona que amas? ¿El desapego es desamor? ¿Una relación dónde pierdas tu autonomía no es una forma de esclavitud socialmente aceptada?

¿Es posible ser fiel?

Un número cada vez mayor de personas son infieles a sus parejas. No importa la extracción de clase social, la cultura o el nivel educacional, dadas ciertas condiciones, cualquiera puede caer en el juego de la aventura “prohibida”: a veces Eros flecha por la espalda. Los individuos que sostienen vidas  paralelas, pareja/amante, suelen estar atrapados por un conflicto aparentemente irresoluble  porque lo quieren todo: “No soy capaz de dejar mi amante, ni dejar mi pareja…”. Y mientras la indecisión se mantiene, la contradicción se agudiza.  En lo más profundo de su ser, los que han abierto sucursales afectivo/sexuales, quisieran unir a sus dos “medias naranjas” mágicamente y crear un Frankenstein amoroso que resuelva la esquizofrenia emocional. Lo que llama la atención es que la mayoría cree que el milagro es posible.
La infidelidad es la principal causa de divorcio y maltrato conyugal. Es motivo de depresión, estrés, ansiedad, pérdida de autoestima y una gran cantidad de alteraciones psicológicas,  es el lado más traumático del amor descarrilado. ¿Qué es ser infiel?: romper traicioneramente un acuerdo efectivo/sexual preestablecido. Todo comportamiento infiel tiene una dimensión ética, que no podemos escabullir, porque entre otras cosas, lo que más duele es la mentira y la trampa de la persona amada. La persona infiel, bajo los efectos de enamoramiento o de la atracción sexual suele ser víctima de una mutación, una transformación radical en sus principios, en sus metas y motivaciones básicas, de allí que el engañado o engañada consideren que su pareja “ya no es la misma”. La infidelidad afecta a todos los implicados y no para bien, no queda títere con cabeza y todo vuela por los aires.
La fidelidad no es ausencia de deseo (nadie puede asegurar que nunca le gustará nadie más), sino producto de la voluntad y una decisión consciente. En otras palabras: la fidelidad es autocontrol y evitación a tiempo. Cuando sospechamos que alguien puede llegar a gustarnos de verdad (en el sentido de movernos el piso)  o cuando sentimos el primer pinchazo de la atracción y no queremos  ser infieles, la mejor opción es alejarnos de la tentación y no jugar con fuego. Como veremos a lo largo del texto, resulta paradójico  que sean  precisamente  las  personas que se perciben a sí mismas como radicalmente “incorruptibles” las que más probabilidades de enredarse en amores clandestinos ¿La razón?: la mayoría está convencida que el amor les provee una armadura a prueba de encantos y los hace inmunes a la infidelidad.  Insisto la fidelidad es un acto de la voluntad y no del corazón-
Cinco preguntas: ¿Qué opinas? ¿Es posible ser fiel? ¿Los humanos somos infieles por naturaleza? ¿Has dio infiel? ¿No sería mejor una buena separación a una relación repleta de engaños?