miércoles, 20 de junio de 2012

¿Puede liberarse la mente?

En el atolladero que nos encontramos no parece haber salida. La globalización, las megatendencias y el ciberespacio nos atrapan como las arenas movedizas, cuanto más intentamos salir, más nos hundimos. Este desorden existencial, esta Matrix vivencial que nos aleja de nuestra propia realidad, la que queremos construir en libertad y uso de nuestras facultades menos condicionadas posibles, no es fácil de ubicar, porque ser parte de ella, nos confundimos en la maraña ¿Dónde está la salida del laberinto? ¿Hacia dónde dirigirnos? Una de las opciones facilistas parece ser la del consumismo y la compra de felicidades pasajeras. El deseo ocupa la mayor parte del menú y sus manifestaciones son cada vez más variadas, por eso las nuevas adicciones suelen ser tan extrañas (vg. internet, amor, celular, belleza, potomanía –adición a tomar agua para “adelgazar”-).  Necesitamos cada día más formas de satisfacciones inmediatas, desechables y cambiantes para mantener el cerebro en un estado de aparente equilibrio. Siguiendo a Epicúreo, el placer que añoramos es el “cinético” (que llega intempestivo, nos chuza y se aleja hasta que otra carencia lo llame nuevamente) y no el “placer”  estático que surge de la ausencia del dolor, de estar simplemente bien, sin el malestar a cuestas (no estoy enfermo, no tengo sueño, no tengo hambre o estoy sano, estoy despierto, estoy alimentado). Dicho de otra forma: no vivimos la alegría de no estar sufriendo, no atendemos a ese estado, sino al placer que llega del alivio. No somos concientes del bienestar que genera la salud en reposo y preferimos concentrarnos en el impacto del refuerzo positivo. No procesamos la felicidad del reposo o la felicidad en acto, que sugería Epícteto, deseamos más la estimulación, que la ausencia de ella; ruido, más que el silencio. Los momentos de soledad angustian a muchas  persona presa del consumismo, porque a solas  deberán  adentrarse en si mismas, afrontar la propia identidad generalmente fragmentada por los intereses creados desde afuera. Habitar el mundo, es también ocuparse de uno y ver el “yo” desde adentro.

La mente libre se opone a la subyugación y a perder el norte. Es rebelde, promueve la contracultura y se reafirma en una forma de resistencia individual, que aunque no cambie de manera radical al mundo, al menos permita elegir sensatamente. No busca el nirvana ni la beatitud, se conforma con ser ella misma, con gobernar su mundo interior y dejar por fuera lo que la destruye. Siguiendo algunas enseñanzas de la antigüedad, que han permanecido limpias, al menos en sus fundamentos, yo diría que una mente libre promueve o se apropia de tres aspectos:

•    La ataraxia o tranquilidad del alma, serenidad, no ansiedad o preocupación. La imperturbabilidad del ánimo o la menor turbulencia posible.

•    La autarkeia o autonomía, independencia, el autogobierno, la libertad de orientar la propia vida como se nos de la gana, hacerse dueño de ella

•    La apatheia o impasibilidad e indiferencia a todo aquello que pueda poner las pasiones y las emociones negativas fuera de control.

Las tres unidas forman un bloque de oposición a la despersonalización, una vacuna que facilita la reorientación del yo. Poder estar anclado en uno, sin perderse como una rueda suelta en universo de la oferta y la demanda, dignifica. Si logramos alejarnos de las necesidades vanas, ordenar los deseos sin que nos dominen y eliminar los temores irracionales, estaremos muy cerca de la liberación interior

La mente libre no es un estado, sino un movimiento dinámico que va reacomodándose sobre la marcha, es un proceso vivo y creativo, especialmente sensible, que orienta el organismo hacia fines saludables. La mente libre es fiel a sus talentos naturales, no se deja seducir fácilmente y ejerce el derecho a decir no. Y por hallarse en una elaboración constante, está muy cerca de la sabiduría, así no logre alcanzarla nunca. El sabio ya sabe vivir, la mente libre esta en condiciones de aprender a vivir y a resistir. Es un estadio previo ala plenitud, por decirlo de alguna manera. Una diferencia de grado infinitamente complejo y bellamente simple. La mente libre es el umbral, luego sigue el salto.


viernes, 23 de marzo de 2012

Desear lo que tenemos


Deseo y placer. La mente los mezcla en una dimensión temporal y se confunde. El deseo es el placer proyectado en el tiempo, la anticipación de la alegría, el goce o la felicidad. El placer es el “ya”, y el deseo, el “después”. Presente y futuro. Pero si el desear es un acto determinado por la carencia, por lo que no tenemos y añoramos obtener, cabe preguntar: ¿en qué se convierte cuando lo alcanzamos? Ya no sería privación o escasez, ya que estaríamos haciendo uso del objeto del deseo, degustándolo, consumiendo y agotándolo. Una vez llegamos a la cima, ya no vemos la cima. En ese momento, la psiquis transforma la avidez augurada, en placer contante y sonante. Una vez saciados, a otra cosa, hasta que el deseo empuje de nuevo para eliminar el aburrimiento. Parecería que para el deseo no hay presente, su dinámica fluctúa entre el recuerdo de las sensaciones vividas  y la expectativa de concretarlo. Cuando pasa por el presente, no lo identificamos con claridad.

Epicúreo fue el que más se aproximó a una comprensión verdadera de este juego tiempo/placer. No solo lo conceptualizó, sino que lo puso en práctica. Para él y sus discípulos hedonistas, el “goce de vivir” fue el “arte de vivir”. El bien supremo no era la virtud en sí misma, sino el placer saludable y la felicidad asociada. Epicúreo deseaba lo que tenía, las “ganas” se convertían en potencia de vida, en autorrealización, en una fuerza por existir cada vez más, sin mojigatería ni doble moral. Es decir: era un modo de vida, como diría el filósofo Pierre Hadot.

Un punto del epicureísmo que me parece vital, es la diferencia que se establece entre el placer cinético (causado por un estímulo que llega, nos impacta positivamente y/o cubre una necesidad: tengo hambre y tomo alimentos, tengo sueño y duermo, estoy bajado y pruebo estimulantes) y el placer estático (el disfrute reposado y pacífico, el placer fundamental) que se obtiene cuando estamos en una situación “sin dolor”, debido a que el aversivo desparece o se controla y el balance interior ha sido recobrado. El estado estático ideal, el del hombre sabio, ocurriría cuando se logra  disfrutar de “la ausencia de una necesidad” bastante tiempo después de que el dolor se ha ido: por ejemplo, el placer de no tener sed,  sueño, hambre, ansiedad, de no estar solo, enfermo o en desamor. En fin: el agrado del “no”.

Pero como resulta obvio,  esta ausencia del malestar suele pasar desapercibida por nosotros, a no ser que sea reciente. Nadie está feliz porque no tiene una espina clavada o no le duele una muela, si eso le ocurrió hace años o meses. Nadie se alegra de “estar sano”, si no acaba de salir de una enfermedad (se nos olvida muy rápido por lo que pasamos). Pocos agradecen tener una buena pareja, un buen trabajo, unos buenos hijos, amigos y estar vivo, simplemente por que sí. Nos acostumbramos a la ausencia de dolor, al estado simple y maravilloso de estar sin la tortura. No niego que haya estímulos que nos sacudan, y que si no son dañinos conforman el picante de la vida, pero lo otro, lo ya resuelto, lo cotidiano, el sosiego que habitamos por no estar hambrientos, sin achaques o sin padecimientos en general, lo ignoramos. Lo damos por hecho. Creamos una amnesia al “placer del no sufrimiento”, quizás porque sea una felicidad que entra por la puerta de atrás. Estar atentos a los placeres estáticos, que son miles, haría que la alegría de vivir fuera inmensa: desearíamos y disfrutaríamos  lo que tenemos, no solamente lo que quisiéramos tener. Recuerdo un señor sobreviviente de la guerra civil española, que había decido mantener activo el placer de una comida digna y un buen vaso de vino después de las angustias pasadas. Cada almuerzo y comida se le veía sonreír para sí.

Algunas religiones cuentan con ritos de “agradecer a Dios” que pueden ser vistos como una forma de atención consciente a la dicha estática. Queda claro que no hablo de resignación o abandono de sí mismo. No me refiero a reprimir el placer, sino a ampliarlo hasta abarcar el presente. Traer el deseo al “aquí y el ahora” es resaltar la dicha que conservamos y no vemos. La serenidad de la mente es una condición que permanece más allá de estimulo-respuesta. Se trata de sentir la plenitud del ahora, el placer de un reposo auténtico  donde la percepción del “no dolor” sea cada vez más conciente. Algunos hablan de gratitud.

lunes, 20 de febrero de 2012

ENAMÓRATE DE TI "¡El valor imprescindible de la autoestima!"


Disponible en España (Zenit/Planeta) a partir del 1 de marzo




Desde pequeños nos enseñan conductas de cuidado personal respecto al físico: lavarnos los dientes, bañarnos, arreglarnos las uñas, comer, aprender a vestirnos... Pero ¿qué hay del cuidado psicológico y la higiene mental? ¿Le prestamos suficiente atención? ¿Lo ponemos en práctica? ¿Resaltamos la importancia del autoamor?

Una buena autoestima, quererse profundamente, incrementa las emociones positivas. Además, entre otras cosas, permite alcanzar mayor eficacia en las tareas, mejorar las relaciones con las personas, establecer un vínculo más equilibrado con los demás y ganar en independencia y autonomía.

La propuesta de este libro es a la vez simple y compleja: enamórate de ti, sé valiente, comienza el romance contigo mismo, en un «yo sostenido» que te haga cada día más feliz y más resistente a los embates de la vida cotidiana.




sábado, 18 de febrero de 2012

El valor del emigrante


El emigrante, al igual que el caracol, lleva su casa a cuestas. Un mecanismo de supervivencia se activa para no dejar ser lo que uno es: las costumbres, los hábitos, los ideales o el idioma, adquieren importancia. El emigrante rescata lo esencial y lo conserva, a pesar del medio que generalmente lo obliga a transmutarse y despersonalizarse. Pero es irremediable, hay que mantener la identidad a lo que de a lugar, para que al sentirse “distinto” (no necesariamente discriminado) no perdamos la autodeterminación La identidad se mantiene básicamente creando formas de estar y habitar el nuevo mundo manteniendo el estilo original del sí mismo, que no siempre es fácil.

El emigrante, por un impulso gregario natural, tiende a agruparse con los suyos, que no siempre significa autoexclusión. Crea cofradías, barrios, calles, clubes, mutuales, mini ciudades, organizaciones o cualquier otro hacer grupal que lo mantenga atado a su comunidad. Nuevas preguntas sobre el sentido de la existencia comienzan a aparecer: ¿Quien soy en realidad?, ¿Qué quiero de la vida? ¿Qué me define? ¿Cuáles son mis puntos de referencia cognitivos y emocionales? El emigrante es un filósofo de la colonización, un transeúnte existencial que no quiere perderse en la muchedumbre de una globalización que lo absorbe y diluye.

Los emigrantes deben enfrentarse a una doble resistencia al cambio: la propia y la ajena. Propia, porque no le gustarán muchas cosas que deberán acatar para ser aceptados y ajena, porque quienes juegan de locales deberán abrir sus mentes al recibirlo. Para el visitante, lo nuevo resulta casi siempre desconcertante. Tendrán que traducir infinidad de códigos sociales y procesar muchas reglas implícitas sobre lo que está bien y lo que está mal visto, sobre lo que se puede y no se puede hacer. Un emigrante es un viajero moral, un poblador de éticas inéditas que lo envuelven y cuestionan profundamente.

La palabra “extrañeza” creo que describe bastante bien el impacto psicológico del recién llegado. Mi madre alguna vez me contó que cuando desembarcó en Buenos Aires a principios de 1952, de inmediato extrañó el olor a Nápoles. Fue lo que primero le impactó. Dice que yo, siendo un bebé de pocos meses, hice una mueca de desagrado. Así lo percibió ella. El puerto napolitano no olía igual al del Río de la Plata. La nostalgia se manifiesta inicialmente por lo más básico: las vías olfativas y gustativas. Y luego la mirada del otro: biología y attachment afectivo. Si recibes sonrisas, buen humor y aceptación de tu raza y tradición, la nostalgia será más soportable. El emigrante es un catador de memorias.

La Argentina siempre fue un país de puertas abiertas. Mis padres, mis tíos y toda la parentela, aunque seguían añorando a Italia, aprendieron a querer “la América” ya que siempre fueron tratados con respeto. Nunca los hicieron sentir extranjeros, así hablaran una media lengua rara de dialecto y lunfardo. Aún hoy después de medio siglo, Argentina (similar a algunos países de Latinoamérica) te reciben sin visa ni sospechas. A los italianos se les decía cariñosamente “tanos”, tal como me dicen hoy mis amigos del sur; a los españoles, “gallegos”.Cada quien tenía un apodo, un sobrenombre amable, jamás displicente. Pero aún allí, en la holgura de las pampas y la admiración callada de los que nos veían descender de los barcos, los emigrantes seguían aferrados a sus baluartes esenciales y a sus gustos. Hasta el día de su muerte, mi padre insistía en que la sandía italiana era más roja, el melón más jugoso y el puchero argentino comida para chanchos. Mi madre no dejó de decir hasta el final, que el cielo de Nápoles era más azul.

Un país que exija a los extranjeros perder sus costumbres como condición para recibirlos está condenado al asilamiento cultural y al odio. Yo se que la casa se reserva el derecho de admisión, pero es que aquí la casa es el planeta y el que llega no entra a un restaurante a disfrutar de un banquete, casi siempre lo hacen movido por condiciones extremas. Existe una ciudadanía inamovible que va más allá de los papeles membreteados o el documento nacional de identidad que a nadie se le puede arrebatar, y es la historia a la cual uno pertenece, el tono afectivo de los valores y necesidades con los que ha sido educado. Ese es el hogar que llevamos dentro, que no tiene porque ser frontera.

jueves, 15 de diciembre de 2011

La sabiduría como meta

La arrogancia de la erudición mal concebida siempre ha intentado ignorar el término por considerarlo desactualizado. Sin embargo, pese a la repulsa, la ciencia tradicional y las escuelas que promueven una espiritualidad inmanente han retomado la sabiduría como objeto de estudio. La inmanencia sostiene que el contacto con lo “valores superiores” y la búsqueda del sentido, no nos llega desde el infinito cósmico, sino que salen de nosotros, de habitar nuestro ser creativamente.

Cuando se desplegó la filosofía helenística (escépticos, estoicos, epicúreos, cínicos) se habían perdido los puntos de referencia políticos e ideológicos. La muerte de Alejandro Magno, creo infinidad de monarquías y gobiernos desconectados del un poder central en extinción y la “polis” (ciudad/política) quedó diluida en nuevas cosmologías. Había que sobrevivir, había que salvarse y salvar al hombre, había que retomar el mando sobre sí mismo, crear un autogobierno del individuo para el individuo. Así, la idea del sabio y la sabiduría, van convirtiéndose en una opción existencial, en una elección vital de hacia dónde dirigir y cómo canalizar las potencialidades humanas. La sabiduría fue perfilándose cada vez más como el arte de vivir, una manera de habitar el mundo que traía aparejada la serenidad del espíritu, la libertad interior y una conciencia de participación universal. La coherencia fue más importante que la originalidad y el actuar moralmente, de manera justa y racional, ocupó el espacio vital de la mente. Filosofía y psicología para tiempos difíciles, como los nuestros. “Saber la vida” fue tan o más importante que estudiarla científicamente.

La sabiduría es el estado final del desarrollo humano, su máxima expresión. Es un sistema de experto, básicamente pragmático, que te dice qué hacer ante los conflictos de la vida cotidiana, qué medios utilizar para planear y manejar las contingencias que te permitan acceder a una buena vida. Nada de “vanos deseos” o necesidades superfluas, solamente aquello que permita una existencia positiva donde se entrelace el “yo” con los otros, lo intrapersonal con lo interpersonal. Pura inteligencia práctica. La inteligencia analítica funciona para problemas que son definidos claramente y que solo tienen una respuesta correcta (vg. matemáticas). Pero la inteligencia práctica tiene que ver con problemas donde prima la vaguedad y que suponen soluciones múltiples. Tal como es la vida. Por eso la sabiduría no se enseña de manera explícita y sistematizada, sino que se absorbe a través de la experiencia. Es un conocimiento tácito que cuesta explicar y sustentar en reglas lógicas. En palabras de Montaigne: “Algunos podemos eruditos en con el saber ajeno, solo pódennos ser sabios de nuestra propia sabiduría” (Ensayos, I, 25)

La sabiduría no solo aporta conocimiento, transforma el ser. Va más allá del saber conceptual, lo supera en lo concreto, ya que se despoja de lo que le es ajeno en el aquí y el ahora. La sabiduría se concentra en lo que importa, en lo que nos permite una vida plena y satisfactoria.

El sabio se contenta con vivir la cotidianeidad en reposo, alegre y libre de cualquier dependencia o éxito superficial que comprometa el “yo” y lo induzca por un camino equivocado. Entonces la felicidad es algo muy distinto a las posesiones, el poder, el uso y abuso de la moda, la belleza, la fama o al dinero. Se encarna más bien en cierta armonía con uno mismo, los otros, el mundo y el futuro. En algún lugar leí un cuento sobre un hombre muy adinerado, que cada noche abría su caja fuerte y sacaba sus títulos, su dinero y sus joyas. Las colocaba sobre una mesa y las miraba por varios minutos, antes de repetirse a sí mismo: “Yo te poseo, tu no me posees a mi”. Es la lucha por el poder. El sabio conoce sus limitaciones y los riesgos del tener, la sabiduría se los indica

jueves, 17 de noviembre de 2011

Celos en retrospectiva

La “lectura de la mente” es la distorsión cognitiva preferida de la persona desconfiada. Casi siempre está “pensando en lo que el otro piensa que él piensa” y escarbando en las intenciones de su pareja. La angustia que genera la suspicacia en estos sujetos es tal, que algunos sienten alivio si sus hipótesis se cumplen. Prefieren el hecho consumado del engaño, así duela, que la incertidumbre cotidiana. Alguien que había descubierto a su esposa en una infidelidad sostenida, me dijo con alivio: “Al menos se terminó… La sospecha me estaba matando”. ¿Será preferible el dolor de la verdad a la felicidad probable?

Celos reales o imaginarios, aterrizados o delirantes, pasados o futuros, todos duelen. Si tu pareja coquetea descaradamente con alguien en tus narices y te enfurecerás, es natural, se trata de la defensa de la territorialidad. A nadie le gustan los cuernos y menos de frente. ¿Qué haría una persona bien estructurada en una situación como ésta, además de sentirse mal?: pues encarar la cuestión asertivamente, decir honestamente lo que piensa y tratar de sentar un precedente no violento al respecto. Pero también es posible que si practicas la filosofía swingers, te guste ver a tu media naranja flirteando, obviamente si la fantasía es compartida. Cada quien corre con sus gustos y los costos asociados, lo importante es respetar los acuerdos y que exista cierta compatibilidad de fondo. Por ejemplo, no me imagino a una persona paranoide con alguien histriónico, coqueto y exhibicionista..

Los celos patológicos son más intensos. Ocurren sin fundamento alguno y el celoso empieza a establecer correlaciones ilusorias y atar cabos que no están sueltos. Las interpretaciones erróneas se disparan todo el tiempo y pueden llegar a constituir un trastorno celotípico delirante. Por ejemplo, un hombre estaba seguro de que su mujer hacía el amor con alguien, mientras él dormía a su lado, por lo que había decido pasar las noches en vela y agarrar al intruso con las manos en la masa. De más está decir, que nunca se topó con el supuesto amante

Pero quizás lo que más le moleste al celoso es su orgullo herido, en tanto el supuesto engaño rompe traicioneramente un pacto preestablecido de exclusividad afectivo/sexual. En este punto vale la pena aclarar que el “honor mancillado” y la “dignidad territorial” no solo es un problema masculino, sino también de las mujeres. Cuando se juntan infidelidad y rencor todo vuela por los aires. El perdón no encuentra cabida y las segundas oportunidades son tan lejanas como la paz mundial.


Sin embargo la forma más absurda e irracional de los celos se encuentran en los retrospectivos. Es decir, suspicacia hacia atrás y antes de conocer a la persona. Para estos individuos es inconcebible que la pareja haya tenido un romance antes de que él o ella aparecieran en su vida. La indagatoria es sobre el pasado íntimo de la persona amada y las preguntas inquisitorias versan sobre un morbo enredador: “¿Qué te hacía?”, “¿Te acostabas con él?”, “¿Ella te besaba?”, “¿Cómo te besaba?”… Y la conclusión, un descubrimiento desgarrador para el ego paranoide: “¡Disfrutaste con otra persona!” El cuestionamiento es profundamente ególatra: “¿Cómo pudiste ser feliz, si yo no existía?”

A veces, las víctimas del interrogatorio cuentan todo detalladamente para “tranquilizar” la ansiedad del otro, pero el efecto que se produce es exactamente al revés, como si le echáramos gasolina a una fogata. Celos regresivos y exclusividad radical, incluso antes de concoerse ¿Habrá mayor sentido de posesión, una forma de resentimiento más anacrónica? Los desconfiados del amor se regodean en la memoria de eventos negativos, extraen conclusiones absurdas y luego censuran sin piedad. Para la gente muy celosa y rencorosa, el tiempo no limpia las heridas, las exacerba y las mantiene abiertas.

viernes, 4 de noviembre de 2011

El cambio es posible

Las ciencias del comportamiento responden afirmativamente y dan como prueba infinidad de datos y casuísticas sobre cambios significativos en las conductas disfuncionales de las personas. Por ejemplo: mucha gente elimina  el miedo irracional que padece (fobias), los que sufren de depresión mejoran su estado de ánimo en un gran porcentaje y logran tener una vida satisfactoria, incluso muchos drogodependientes vencen la adicción y se mantienen limpios por el resto de sus vidas. Pero no solo la terapia produce modificaciones psicológicas y emocionales, sino también las situaciones límites y los procesos que se asientan en una revisión radical de las propias convicciones. Es imposible desconocer que el ser humano vive transformándose a si mismo, a veces para bien a veces para mal.  Si el cosmos todo es impermanente, ¿por qué deberíamos entonces escapar nosotros a esa ley de variación universal? El que no fluye, se muere.

En las situaciones límites, como ocurre en enfermedades terminales, la muerte de un ser querido, un secuestro o una emigración forzada, entre otras muchas, el acontecimiento vital remueve todo, la mente se quita el disfraz y aflora la farsa y lo auténtico de lo que en verdad somos ¡Qué alivio sentirá quien ya no debe disimular, engatusar  ni esconder! Quedar al descubierto es cosa de valientes o de locos. De manera similar, hay ocasiones en que nos embarga un profundo convencimiento de que debemos revisarnos a nosotros mismos y mandar todo a la porra, porque no vivimos bien o queremos renovarnos. Puro existencialismo práctico, pragmatismo de quien se harta y decide ser coherente a pesar de los costos.

El término “conversión”, en el sentido que le da el filósofo Pierre Hadot, significa: la transformación fundamental del propio ser, una revolución del modo de vida. Tomar nuevas opciones, nuevos proyectos, y barrer literalmente con lo que éramos o teníamos ¿Es posible? Lo he visto en más de una ocasión. Hay gente que afirma que  Jesús ha tocado su corazón y de un día para el otro su estructura de personalidad cambia. Lo mismo con sujetos que adhieren fervientemente a otras religiones.  Lo que se produce en el interior de esas personas es una mutación; parecería que la bioquímica misma del cerebro se modifica.

Entonces, ya sea por medio de las situaciones límites, la terapia y/o las convicciones profundas, la mente revisa sus creencias, sus pensamientos y las emociones que de ella se  desprenden. Ante la pregunta: ¿Las personas pueden cambiar?, mi respuesta es un rotundo sí. Más aún, no conozco a nadie que permanezca totalmente inmutable, por más complejo de Dios tenga, ni siquiera los rígidos pueden ser iguales siempre porque incluso ellos intentan variaciones sobre el mismo tema.

Lo que sucede en los cambios radicales está lejos del reformismo, no implica tapar huecos y maquillar la cosa, sino removerla a fondo, y para que esta operación cognitiva tenga lugar, las personas deben asumir algunas consecuencias dolorosas. Piensen lo que puede llegar a significar hacer a un lado los apegos y las señales de seguridad a las cuales nos hemos aferrados por años. La superstición, cualquiera sea, personal o social, se resiste a desparecer.

Todo cambio es incómodo, porque el sistema debe pasar de un estado a otro y ese “movimiento” requiere de una alteración de lo que hay, una desorganización básica para que vuelva a organizarse a otro nivel, que es cuando se genera un fenómeno emergente. Pues a esa reestructuración mental y afectiva dirigida a adoptar un nuevo modo de funcionamiento, se la llama crisis. ¿A quien no le cuesta dejar los zapatos viejos por los nuevos, por más cara de intelectuales que pongamos?

La gente cambia, las organizaciones cambian, el mundo se transforma, la piel, el cielo, la vida misma se mantiene en un movimiento arrebatador de saltos discontinuos e inesperados. El vector de la existencia es como una flecha lanzada al infinito, y en ese devenir, la innovación, la sorpresa y los imponderables son forzosos.