lunes, 20 de febrero de 2012

ENAMÓRATE DE TI "¡El valor imprescindible de la autoestima!"


Disponible en España (Zenit/Planeta) a partir del 1 de marzo




Desde pequeños nos enseñan conductas de cuidado personal respecto al físico: lavarnos los dientes, bañarnos, arreglarnos las uñas, comer, aprender a vestirnos... Pero ¿qué hay del cuidado psicológico y la higiene mental? ¿Le prestamos suficiente atención? ¿Lo ponemos en práctica? ¿Resaltamos la importancia del autoamor?

Una buena autoestima, quererse profundamente, incrementa las emociones positivas. Además, entre otras cosas, permite alcanzar mayor eficacia en las tareas, mejorar las relaciones con las personas, establecer un vínculo más equilibrado con los demás y ganar en independencia y autonomía.

La propuesta de este libro es a la vez simple y compleja: enamórate de ti, sé valiente, comienza el romance contigo mismo, en un «yo sostenido» que te haga cada día más feliz y más resistente a los embates de la vida cotidiana.




sábado, 18 de febrero de 2012

El valor del emigrante


El emigrante, al igual que el caracol, lleva su casa a cuestas. Un mecanismo de supervivencia se activa para no dejar ser lo que uno es: las costumbres, los hábitos, los ideales o el idioma, adquieren importancia. El emigrante rescata lo esencial y lo conserva, a pesar del medio que generalmente lo obliga a transmutarse y despersonalizarse. Pero es irremediable, hay que mantener la identidad a lo que de a lugar, para que al sentirse “distinto” (no necesariamente discriminado) no perdamos la autodeterminación La identidad se mantiene básicamente creando formas de estar y habitar el nuevo mundo manteniendo el estilo original del sí mismo, que no siempre es fácil.

El emigrante, por un impulso gregario natural, tiende a agruparse con los suyos, que no siempre significa autoexclusión. Crea cofradías, barrios, calles, clubes, mutuales, mini ciudades, organizaciones o cualquier otro hacer grupal que lo mantenga atado a su comunidad. Nuevas preguntas sobre el sentido de la existencia comienzan a aparecer: ¿Quien soy en realidad?, ¿Qué quiero de la vida? ¿Qué me define? ¿Cuáles son mis puntos de referencia cognitivos y emocionales? El emigrante es un filósofo de la colonización, un transeúnte existencial que no quiere perderse en la muchedumbre de una globalización que lo absorbe y diluye.

Los emigrantes deben enfrentarse a una doble resistencia al cambio: la propia y la ajena. Propia, porque no le gustarán muchas cosas que deberán acatar para ser aceptados y ajena, porque quienes juegan de locales deberán abrir sus mentes al recibirlo. Para el visitante, lo nuevo resulta casi siempre desconcertante. Tendrán que traducir infinidad de códigos sociales y procesar muchas reglas implícitas sobre lo que está bien y lo que está mal visto, sobre lo que se puede y no se puede hacer. Un emigrante es un viajero moral, un poblador de éticas inéditas que lo envuelven y cuestionan profundamente.

La palabra “extrañeza” creo que describe bastante bien el impacto psicológico del recién llegado. Mi madre alguna vez me contó que cuando desembarcó en Buenos Aires a principios de 1952, de inmediato extrañó el olor a Nápoles. Fue lo que primero le impactó. Dice que yo, siendo un bebé de pocos meses, hice una mueca de desagrado. Así lo percibió ella. El puerto napolitano no olía igual al del Río de la Plata. La nostalgia se manifiesta inicialmente por lo más básico: las vías olfativas y gustativas. Y luego la mirada del otro: biología y attachment afectivo. Si recibes sonrisas, buen humor y aceptación de tu raza y tradición, la nostalgia será más soportable. El emigrante es un catador de memorias.

La Argentina siempre fue un país de puertas abiertas. Mis padres, mis tíos y toda la parentela, aunque seguían añorando a Italia, aprendieron a querer “la América” ya que siempre fueron tratados con respeto. Nunca los hicieron sentir extranjeros, así hablaran una media lengua rara de dialecto y lunfardo. Aún hoy después de medio siglo, Argentina (similar a algunos países de Latinoamérica) te reciben sin visa ni sospechas. A los italianos se les decía cariñosamente “tanos”, tal como me dicen hoy mis amigos del sur; a los españoles, “gallegos”.Cada quien tenía un apodo, un sobrenombre amable, jamás displicente. Pero aún allí, en la holgura de las pampas y la admiración callada de los que nos veían descender de los barcos, los emigrantes seguían aferrados a sus baluartes esenciales y a sus gustos. Hasta el día de su muerte, mi padre insistía en que la sandía italiana era más roja, el melón más jugoso y el puchero argentino comida para chanchos. Mi madre no dejó de decir hasta el final, que el cielo de Nápoles era más azul.

Un país que exija a los extranjeros perder sus costumbres como condición para recibirlos está condenado al asilamiento cultural y al odio. Yo se que la casa se reserva el derecho de admisión, pero es que aquí la casa es el planeta y el que llega no entra a un restaurante a disfrutar de un banquete, casi siempre lo hacen movido por condiciones extremas. Existe una ciudadanía inamovible que va más allá de los papeles membreteados o el documento nacional de identidad que a nadie se le puede arrebatar, y es la historia a la cual uno pertenece, el tono afectivo de los valores y necesidades con los que ha sido educado. Ese es el hogar que llevamos dentro, que no tiene porque ser frontera.

jueves, 15 de diciembre de 2011

La sabiduría como meta

La arrogancia de la erudición mal concebida siempre ha intentado ignorar el término por considerarlo desactualizado. Sin embargo, pese a la repulsa, la ciencia tradicional y las escuelas que promueven una espiritualidad inmanente han retomado la sabiduría como objeto de estudio. La inmanencia sostiene que el contacto con lo “valores superiores” y la búsqueda del sentido, no nos llega desde el infinito cósmico, sino que salen de nosotros, de habitar nuestro ser creativamente.

Cuando se desplegó la filosofía helenística (escépticos, estoicos, epicúreos, cínicos) se habían perdido los puntos de referencia políticos e ideológicos. La muerte de Alejandro Magno, creo infinidad de monarquías y gobiernos desconectados del un poder central en extinción y la “polis” (ciudad/política) quedó diluida en nuevas cosmologías. Había que sobrevivir, había que salvarse y salvar al hombre, había que retomar el mando sobre sí mismo, crear un autogobierno del individuo para el individuo. Así, la idea del sabio y la sabiduría, van convirtiéndose en una opción existencial, en una elección vital de hacia dónde dirigir y cómo canalizar las potencialidades humanas. La sabiduría fue perfilándose cada vez más como el arte de vivir, una manera de habitar el mundo que traía aparejada la serenidad del espíritu, la libertad interior y una conciencia de participación universal. La coherencia fue más importante que la originalidad y el actuar moralmente, de manera justa y racional, ocupó el espacio vital de la mente. Filosofía y psicología para tiempos difíciles, como los nuestros. “Saber la vida” fue tan o más importante que estudiarla científicamente.

La sabiduría es el estado final del desarrollo humano, su máxima expresión. Es un sistema de experto, básicamente pragmático, que te dice qué hacer ante los conflictos de la vida cotidiana, qué medios utilizar para planear y manejar las contingencias que te permitan acceder a una buena vida. Nada de “vanos deseos” o necesidades superfluas, solamente aquello que permita una existencia positiva donde se entrelace el “yo” con los otros, lo intrapersonal con lo interpersonal. Pura inteligencia práctica. La inteligencia analítica funciona para problemas que son definidos claramente y que solo tienen una respuesta correcta (vg. matemáticas). Pero la inteligencia práctica tiene que ver con problemas donde prima la vaguedad y que suponen soluciones múltiples. Tal como es la vida. Por eso la sabiduría no se enseña de manera explícita y sistematizada, sino que se absorbe a través de la experiencia. Es un conocimiento tácito que cuesta explicar y sustentar en reglas lógicas. En palabras de Montaigne: “Algunos podemos eruditos en con el saber ajeno, solo pódennos ser sabios de nuestra propia sabiduría” (Ensayos, I, 25)

La sabiduría no solo aporta conocimiento, transforma el ser. Va más allá del saber conceptual, lo supera en lo concreto, ya que se despoja de lo que le es ajeno en el aquí y el ahora. La sabiduría se concentra en lo que importa, en lo que nos permite una vida plena y satisfactoria.

El sabio se contenta con vivir la cotidianeidad en reposo, alegre y libre de cualquier dependencia o éxito superficial que comprometa el “yo” y lo induzca por un camino equivocado. Entonces la felicidad es algo muy distinto a las posesiones, el poder, el uso y abuso de la moda, la belleza, la fama o al dinero. Se encarna más bien en cierta armonía con uno mismo, los otros, el mundo y el futuro. En algún lugar leí un cuento sobre un hombre muy adinerado, que cada noche abría su caja fuerte y sacaba sus títulos, su dinero y sus joyas. Las colocaba sobre una mesa y las miraba por varios minutos, antes de repetirse a sí mismo: “Yo te poseo, tu no me posees a mi”. Es la lucha por el poder. El sabio conoce sus limitaciones y los riesgos del tener, la sabiduría se los indica

jueves, 17 de noviembre de 2011

Celos en retrospectiva

La “lectura de la mente” es la distorsión cognitiva preferida de la persona desconfiada. Casi siempre está “pensando en lo que el otro piensa que él piensa” y escarbando en las intenciones de su pareja. La angustia que genera la suspicacia en estos sujetos es tal, que algunos sienten alivio si sus hipótesis se cumplen. Prefieren el hecho consumado del engaño, así duela, que la incertidumbre cotidiana. Alguien que había descubierto a su esposa en una infidelidad sostenida, me dijo con alivio: “Al menos se terminó… La sospecha me estaba matando”. ¿Será preferible el dolor de la verdad a la felicidad probable?

Celos reales o imaginarios, aterrizados o delirantes, pasados o futuros, todos duelen. Si tu pareja coquetea descaradamente con alguien en tus narices y te enfurecerás, es natural, se trata de la defensa de la territorialidad. A nadie le gustan los cuernos y menos de frente. ¿Qué haría una persona bien estructurada en una situación como ésta, además de sentirse mal?: pues encarar la cuestión asertivamente, decir honestamente lo que piensa y tratar de sentar un precedente no violento al respecto. Pero también es posible que si practicas la filosofía swingers, te guste ver a tu media naranja flirteando, obviamente si la fantasía es compartida. Cada quien corre con sus gustos y los costos asociados, lo importante es respetar los acuerdos y que exista cierta compatibilidad de fondo. Por ejemplo, no me imagino a una persona paranoide con alguien histriónico, coqueto y exhibicionista..

Los celos patológicos son más intensos. Ocurren sin fundamento alguno y el celoso empieza a establecer correlaciones ilusorias y atar cabos que no están sueltos. Las interpretaciones erróneas se disparan todo el tiempo y pueden llegar a constituir un trastorno celotípico delirante. Por ejemplo, un hombre estaba seguro de que su mujer hacía el amor con alguien, mientras él dormía a su lado, por lo que había decido pasar las noches en vela y agarrar al intruso con las manos en la masa. De más está decir, que nunca se topó con el supuesto amante

Pero quizás lo que más le moleste al celoso es su orgullo herido, en tanto el supuesto engaño rompe traicioneramente un pacto preestablecido de exclusividad afectivo/sexual. En este punto vale la pena aclarar que el “honor mancillado” y la “dignidad territorial” no solo es un problema masculino, sino también de las mujeres. Cuando se juntan infidelidad y rencor todo vuela por los aires. El perdón no encuentra cabida y las segundas oportunidades son tan lejanas como la paz mundial.


Sin embargo la forma más absurda e irracional de los celos se encuentran en los retrospectivos. Es decir, suspicacia hacia atrás y antes de conocer a la persona. Para estos individuos es inconcebible que la pareja haya tenido un romance antes de que él o ella aparecieran en su vida. La indagatoria es sobre el pasado íntimo de la persona amada y las preguntas inquisitorias versan sobre un morbo enredador: “¿Qué te hacía?”, “¿Te acostabas con él?”, “¿Ella te besaba?”, “¿Cómo te besaba?”… Y la conclusión, un descubrimiento desgarrador para el ego paranoide: “¡Disfrutaste con otra persona!” El cuestionamiento es profundamente ególatra: “¿Cómo pudiste ser feliz, si yo no existía?”

A veces, las víctimas del interrogatorio cuentan todo detalladamente para “tranquilizar” la ansiedad del otro, pero el efecto que se produce es exactamente al revés, como si le echáramos gasolina a una fogata. Celos regresivos y exclusividad radical, incluso antes de concoerse ¿Habrá mayor sentido de posesión, una forma de resentimiento más anacrónica? Los desconfiados del amor se regodean en la memoria de eventos negativos, extraen conclusiones absurdas y luego censuran sin piedad. Para la gente muy celosa y rencorosa, el tiempo no limpia las heridas, las exacerba y las mantiene abiertas.

viernes, 4 de noviembre de 2011

El cambio es posible

Las ciencias del comportamiento responden afirmativamente y dan como prueba infinidad de datos y casuísticas sobre cambios significativos en las conductas disfuncionales de las personas. Por ejemplo: mucha gente elimina  el miedo irracional que padece (fobias), los que sufren de depresión mejoran su estado de ánimo en un gran porcentaje y logran tener una vida satisfactoria, incluso muchos drogodependientes vencen la adicción y se mantienen limpios por el resto de sus vidas. Pero no solo la terapia produce modificaciones psicológicas y emocionales, sino también las situaciones límites y los procesos que se asientan en una revisión radical de las propias convicciones. Es imposible desconocer que el ser humano vive transformándose a si mismo, a veces para bien a veces para mal.  Si el cosmos todo es impermanente, ¿por qué deberíamos entonces escapar nosotros a esa ley de variación universal? El que no fluye, se muere.

En las situaciones límites, como ocurre en enfermedades terminales, la muerte de un ser querido, un secuestro o una emigración forzada, entre otras muchas, el acontecimiento vital remueve todo, la mente se quita el disfraz y aflora la farsa y lo auténtico de lo que en verdad somos ¡Qué alivio sentirá quien ya no debe disimular, engatusar  ni esconder! Quedar al descubierto es cosa de valientes o de locos. De manera similar, hay ocasiones en que nos embarga un profundo convencimiento de que debemos revisarnos a nosotros mismos y mandar todo a la porra, porque no vivimos bien o queremos renovarnos. Puro existencialismo práctico, pragmatismo de quien se harta y decide ser coherente a pesar de los costos.

El término “conversión”, en el sentido que le da el filósofo Pierre Hadot, significa: la transformación fundamental del propio ser, una revolución del modo de vida. Tomar nuevas opciones, nuevos proyectos, y barrer literalmente con lo que éramos o teníamos ¿Es posible? Lo he visto en más de una ocasión. Hay gente que afirma que  Jesús ha tocado su corazón y de un día para el otro su estructura de personalidad cambia. Lo mismo con sujetos que adhieren fervientemente a otras religiones.  Lo que se produce en el interior de esas personas es una mutación; parecería que la bioquímica misma del cerebro se modifica.

Entonces, ya sea por medio de las situaciones límites, la terapia y/o las convicciones profundas, la mente revisa sus creencias, sus pensamientos y las emociones que de ella se  desprenden. Ante la pregunta: ¿Las personas pueden cambiar?, mi respuesta es un rotundo sí. Más aún, no conozco a nadie que permanezca totalmente inmutable, por más complejo de Dios tenga, ni siquiera los rígidos pueden ser iguales siempre porque incluso ellos intentan variaciones sobre el mismo tema.

Lo que sucede en los cambios radicales está lejos del reformismo, no implica tapar huecos y maquillar la cosa, sino removerla a fondo, y para que esta operación cognitiva tenga lugar, las personas deben asumir algunas consecuencias dolorosas. Piensen lo que puede llegar a significar hacer a un lado los apegos y las señales de seguridad a las cuales nos hemos aferrados por años. La superstición, cualquiera sea, personal o social, se resiste a desparecer.

Todo cambio es incómodo, porque el sistema debe pasar de un estado a otro y ese “movimiento” requiere de una alteración de lo que hay, una desorganización básica para que vuelva a organizarse a otro nivel, que es cuando se genera un fenómeno emergente. Pues a esa reestructuración mental y afectiva dirigida a adoptar un nuevo modo de funcionamiento, se la llama crisis. ¿A quien no le cuesta dejar los zapatos viejos por los nuevos, por más cara de intelectuales que pongamos?

La gente cambia, las organizaciones cambian, el mundo se transforma, la piel, el cielo, la vida misma se mantiene en un movimiento arrebatador de saltos discontinuos e inesperados. El vector de la existencia es como una flecha lanzada al infinito, y en ese devenir, la innovación, la sorpresa y los imponderables son forzosos.

jueves, 27 de octubre de 2011

¿Amar o depender?


"No podemos vivir sin afecto, nadie puede hacerlo, pero si podemos amar sin esclavizarnos. El sano desapego no es más que una elección que nos dice a gritos: el amor es ausencia de miedo." Amar o depender - Walter Riso.

Participa en el análisis y reflexión de este vídeo y seras uno de los invitados al primer conversatorio online que realizará Phronesis con Walter Riso. ¡Es grato para nosotros contar con tus valiosos comentarios!

miércoles, 19 de octubre de 2011

Mentes caducadas

Hay gente que envejece psicológicamente. No es la fisiología la que decae sino la fuerza de la juventud, los bríos, las ilusiones, aún siendo jóvenes en años y no padeciendo ninguna enfermedad mental. La quietud del alma que no es reposo, sino aletargamiento, pasividad, ostracismo crónico. El cuerpo se ve sano, pero el goce de vivir  se apaga antes de tiempo, e insisto: no hay dolencia ni depresión que explique el adormecimiento. He conocido personas jóvenes con mentes tipo Matusalén  y ancianos con una fortaleza de espíritu y unas ganas de vivir verdaderamente envidiables. La psiquis humana no siempre va al mismo ritmo de los huesos y la piel, a veces se adelanta o se atrasa.

 La vejez mental se manifiesta a través de una serie de síntomas que conforman una manera especial de ver y pensar  la vida, una visión del mundo y de sí mismo entumecida por un conjunto de creencias que impiden una actualización interior positiva. Es deponer las armas antes de que se acabe la batalla. Algunos de estos indicadores son los siguientes.

Perdida de capacidad  de asombro. Nada maravilla, nada encanta. Existe una especie de atrofia perceptual y un anclaje a lo tradicional que impide que la sorpresa logre procesarse. Ya no se comprende o se subestima  lo bello, lo inaudito o lo genial.

Bajos niveles de exploración. La curiosidad deja de ser una fuente de motivación importante. El impulso por saber más y escudriñar la realidad se interrumpe. Ya no hay ganas de experimentar ni descubrir el universo. Puede más la resignación, que la pasión.

Aburrimiento. Como consecuencia de los dos puntos anteriores, la capacidad de sentir placer  se reduce a su mínima expresión. Muy pocas cosas les generan satisfacción, se divierten poco y muestran un estilo de vida tendiente a la rutina.

Mal genio. Estas personas son gruñonas, quejumbrosas y muy pesimistas. Se pierde la risa y  viven en un estado de frustración constante donde el mal humor aflora momento a momento. No le gustan los chistes y la alegría de los demás les produce malestar.

Escasa creatividad. Son más bien reiterativos y poco espontáneos. Odian la improvisación, lo paradójico, el absurdo y cualquier cosa que les implique esfuerzo para comprender las situaciones diarias. El doble sentido los agota. Esta pereza creativa suele estar presente en todas las áreas

Por el contrario, la mente joven sigue activa, inquieta y ávida en información y aprendizaje. Absorbe energía como una esponja, se pone a prueba cada vez que puede, le gustan los retos y crece con la experiencia. Pensemos en la actividad de un niño o  un adolescente, tan incansables e insaciables ante los estímulos, que no se resignan ante un “no”, están repletos de “¿por qué?” y buscan sacarle provecho a cualquier oportunidad que les brinde placer.  Una mente joven se mueve, actúa y se descubre a sí misma. La mente vieja ya no se hace preguntas porque piensa que las respuestas le fueron dadas, ya no persigue quimeras ni va más allá de lo evidente. 

La mente joven no pasa desapercibida, llena espacios, intenta soluciones, se relaciona, sueña y desborda esperanza. No es hiperactiva, sino inquieta y entrometida.  Nadie nace “mentalmente viejo”, se aprende a hacerlo a medida que vamos perdiendo la capacidad de sentir e inventarnos a nosotros mismos. El escritor francés Alfred Louis de Musset, dijo: “Las canas no hacen más viejo al hombre, cuyo corazón no tiene edad”. Y ahí es donde radica el problema: en el cuerpo de los que tienen una mente vieja, el corazón late menos.